Arkakusoaren arrastoa


TERTULIA LITERARIA – KAPUSCINSKI – EBANO
Abril 10, 2008, 3:14 pm
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Intxaurrondo Berri k.e

apirilak 14 19:30etan

 

Ryszard Kapuscinski

 

 

 

  1. Biografía

La vida de Ryszard Kapuscinski (1932-2007) podría definirse como una prolija nota a pie de página en un viejo volumen de Heródoto.

 

De su mano se inició como corresponsal cuando su jefa le regaló su Historia antes de su primer viaje y en torno a él reflexionó en su último trabajo. Entre un momento y otro, Kapuscinski sobrevivió a 27 revoluciones, informó 12 veces desde el frente y fue condenado a muerte en cuatro ocasiones.

 

Una nota a pie de página erudita, lacónica, viajera. Si Heródoto dedicó sus mejores páginas a contarle a los atenienses cómo vivían pueblos tan alejados como los persas o los fenicios, Kapuscinski salió de su patria como él para descubrir historias lejanas.

Como Heródoto, atesoraba una intensa formación humanística y como él estaba más interesado en la vida y en las costumbres de otras gentes que en el relato de las guerras que la Historia le obligó a relatar.

Como Heródoto, Kapuscinski era curioso, observador y siempre dispuesto a escuchar. Y como él escribía a mano. Siempre a mano.

Ryszard Kapuscinski nació en Pinsk, una pequeña ciudad bielorrusa en cuyo Ayuntamiento colgaba en época de Entreguerras la bandera polaca. Con apenas 10 años, la guerra obligó a su familia a deambular de ciudad en ciudad sorteando los peligros del frente. Así fue como se instaló en Varsovia, en cuya Universidad cursó estudios de Historia y empezó a escribir sus primeros artículos.

 

Con tan sólo 17 años, trabajó para la revista ‘Hoy y mañana’, pero en 1955 dio el salto al periódico ‘Sztandar Mlodych’. La frase que iba a marcar el resto de su vida se la dijo en aquella redacción a su jefa Irena Talowska: “Quiero cruzar la frontera”. No era demasiado ambicioso. Se conformaba con un viaje a Praga, puede que a Budapest.

Quien sabe si protegiéndole de la censura o adivinando sus cualidades, su jefa le regaló el libro de Heródoto y le mandó a la India. Al año siguiente, volaba rumbo a la Calcuta solo, perdido, sin experiencia y con aquel volumen que conservó manoseado, desencuadernado, anotado hasta el día de su muerte.

Después de la India vino África. La descolonización del Zaire y Angola y Mozambique y tantos otros lugares recogidos después en su libro ‘Ébano’.

 

Ya no viajaba para un diario sino para una agencia, la empresa estatal de noticias que abastecía a los periódicos del régimen.

No le gustaba lo que le encargaban: notas insulsas sobre visitas oficiales y actos protocolarios. Sin embargo, nunca renegó del oficio e iba anotando sin prisa sus experiencias en cuadernos gruesos que luego pasaba a máquina e iba almacenando.

Trabajó para la agencia durante más de tres décadas (1958-1981) hasta que en los 80 empezó a colaborar para periódicos extranjeros. Mientras tanto, iba ordenando sus notas e inventando un género: el reportaje total. Una especie de crónica literaria donde el autor engarza viajes, vivencias, poemas, tradiciones que escucha y donde no permanece impasible ante lo que está contando. Lejos de los excesos barrocos del nuevo periodismo americano, Kapuscinski proponía un lenguaje sencillo y digerible, preñado de paradojas, anécdotas e imágenes que ayudaban a comprender la realidad. Ése fue el origen de sus libros, que revolucionaron los cánones periodísticos en los años 80 y 90.(…)

 

(…)En los últimos años disfrutó de una dulce vejez, acunada por agasajos, charlas y galardones que alcanzaron su cenit en 2003 con el Príncipe de Asturias.

Siempre recalcaba a su audiencia que sólo las buenas personas podían ser buenos periodistas. Y advertía: “Toda guerra está siempre vinculada a la mentira. Los dos bandos siempre mienten y exageran”.

Como el aficionado enviado especial de Evelyn Waugh, siempre viajaba solo y siempre volvía a su destartalado ático de Varsovia, donde escribía rodeado de fotos, postales, recortes de periódico, palabras y libros en todos los idiomas. Una vez dijo que un buen reportero debía tener “un poco del entusiasmo, de la humildad, de la locura del

misionero”. En cierto modo, lo fue. Pero su breviario fue siempre un libro de Heródoto. 

 

 

 


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